¿Te acuerdas de esa sonrisa, esa sonrisa que hizo que yo salpicara más agua a mi amiga y luego echara a correr sobre la arena de la playa hasta acabar quedándome sin aire casualmente cerca tuya? ¿Lo recuerdas?
Yo sí. Recuerdo que comenzaste a reír y me preguntaste si querría algo de agua. Tras asentir y decirte que no me vendría nada mal, tú me llevaste a cuestas hasta el agua, lanzándome y riendo más aún.
Acto seguido yo salí e intenté hundirte, siendo algo imposible y con el resultado de volver a caer, pasándome todo el día a tu lado.
Por la noche, junto a ti y una toalla alrededor, al murmurar que tenía frío, tú sin pensártelo dos veces me abrazaste con fuerza, riendo de nuevo te miré para darte las gracias, pero no me diste tiempo y callaste ese agradecimiento con un bonito beso.
Pero llegó el día, llegó el día en el que alzas la mano y la mueves de un lado a otro, dando a entender que te marchas, que se marcha. Adiós.
Por última vez besé tus labios, como si no fuera a besar unos nunca más. Lloré como una niña a la que le quitaban una piruleta, y tú tenías una lucha interna por no hacer lo mismo. Luego, comenzamos a alejarnos lentamente, hasta que miramos atrás y no nos volvimos a ver.

No hay comentarios:
Publicar un comentario