1 de diciembre de 2016

Su maldito reflejo.

Miro la hora en mi reloj y compruebo que iba con tiempo. Camino con calma hasta la estación de autobuses para recoger a aquella chica morena que me había regalado este último par de meses. Paso la mano por mi pelo, algo agobiado.

Ni siquiera sé qué estoy haciendo.

Nada más entrar en la estación me asomo para ver si su autobús ya había llegado, pero aún faltaban unos minutos. Eso hizo que de un modo u otro me sintiera más aliviado, nunca me siento preparado para verla a pesar de hablar con ella varias veces en la semana por teléfono.

Tengo ganas de verla. No podría definirlo como amor pero me apetece abrazarla y robarle un par de besos. Sé que suena a que siento algo por ella y lo cierto es que me gusta, me gusta y mucho. Me gusta… bastante, digamos. De todas formas creo que nunca llegará a encender esa llama que me falta. Esa llama que era capaz de encender solo… No. Me gusta esta chica nueva, voy a quedar con ella y nada va a impedírmelo.

Me dirijo con velocidad a los baños de aquella vieja estación y nada más entrar abro uno de los grifos que allí se encontraban y refresco un poco mi cara y mi nuca. Acto seguido me miro en el espejo y me observo, durante unos segundos, en silencio.

Ni siquiera sé que estoy haciendo.

Siempre defiendo que no he cambiado y sin embargo parezco una persona completamente distinta. 
Agacho la cabeza en un fuerte suspiro y vuelvo a dirigir mi mirada al espejo, sorprendido con lo que me encuentro.

Soy yo quién está reflejado en el espejo, pero me veo como si el tiempo no hubiese pasado y todo siguiera como cuando las cosas iban bien. Creo que me estoy volviendo loco, hasta su expresión parece una distinta a la que yo tengo ahora mismo.

-¿Echas de menos ser yo?

Mi reflejo me está hablando y todo esto deja de tener sentido. Suspiro con fuerza y vuelvo a refrescarme la cara, pero por desgracia el dolor me golpea directamente en esta.
Ahora no está solo mi reflejo, sino también el de ella y eso me cuesta soportarlo mucho más.

-Echo de menos lo que era con ella.

Me decido a contestar con un nudo en la garganta y el dolor recorriendo mi cuerpo.

-¿Por qué dejaste que me fuera? -Ahora es ella la que me habla, mi chica. Bueno, corrijo, la que era mi chica. Esa pregunta se clava como un puñal que parece que no va a dejar de doler nunca.-.
Inevitablemente las lágrimas se escapan de mis ojos por mucho que yo intente impedirlo, así que acabo dejándolas ir. Mis manos tiemblan y el nudo en la garganta cada vez es más difícil de soportar.

-Porque soy un imbécil, porque me equivoqué…

-Tampoco has intentado buscarme, ¿verdad? –me interrumpe y me observa con una sonrisa extremadamente irónica. Su cabello rubio, sus ojos avellanas y sus labios parecen tan reales que me muero por besarla y decirle lo guapa que está, como ha estado siempre. Me echo a llorar del todo por el daño que me provoca sentirle tan cerca y que esté tan lejos. Me siento un estúpido y sin embargo no puedo dejar de observarla en aquel reflejo.

-Estás tan guapa…

Acabo diciendo yo, desesperado, desesperado por tenerla de nuevo entre mis brazos. Por un segundo miro a mi alrededor para recomponer las fuerza y puedo comprobar que todo aquel baño de la estación de autobuses parece completamente abandonado, descuidado… solitario.

-Todo es así para mí desde que no te tengo a mi lado.

Le explico. Solo me dirijo a ella. Mi reflejo aún está al lado del reflejo fantasma de ella, pero ahora mismo solo me centro en la chica. Es lo único que me importa.
Es lo único que me ha importado siempre.

-¿Y vas a solucionarlo hablando con un espejo?

Tiene razón. No voy a arreglar nada hablando con un espejo. Acerco mi mano temblorosa al cristal para acariciar su mejilla una última vez, no obstante desaparece justo antes de que pueda alcanzarla. 
Ambos. Tanto mi reflejo como el de ella desaparecen juntos, de la mano, pareciendo que se ríen de mí. Me giro con calma y compruebo que todo a mi alrededor vuelve a ser como antes. Todo vuelve a ser normal.

Todo vuelve a ser sin ella.

Salgo del baño confuso y me enciendo un cigarro para sentir que algo es real ahora mismo. Mi teléfono empieza a sonar y me sobresalto, recordando que la chica ya ha tenido que llegar y está esperándome.
Ahora no estoy tan seguro de qué hacer. Me apoyo tras una columna para terminarme el cigarro y aclarar mis ideas.

Ni siquiera sé que estoy haciendo.

Venía con la confianza de que esto podía salir bien, pero no sé a quién pretendo engañar. Todos los días siento que lo supero un poquito más y su recuerdo vuelve a aparecer en mi memoria haciendo que todo sea un desastre.

Me asomo para comprobar que la chica sigue esperando y así es, por lo que yo me agobio más.

Finalmente decido ser una persona madura y admitir la verdad. Salgo de mi escondite con rabia, pues una vez más esa chica rubia que me lleva al borde de la locura ha irrumpido en mi cabeza y me ha hecho dar mil pasos atrás.

Llego hasta donde se encuentra la chica morena, que me había esperado junto al bus del que había bajado. Me recibe con un caluroso abrazo y me pregunta con una sonrisa por qué he tardado tanto.

Yo me aparto algo apático y la miro a los ojos, con los míos rojos y llenos de lágrimas. Su expresión de alegría se torna en una preocupada y confusa mientras que yo me preparo, sabiendo que voy a hacerle daño, antes de salir lo más rápido posible de aquella estación, con una sola frase:


-Lo siento, ni siquiera sé que estoy haciendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario