Miro la hora
en mi reloj y compruebo que iba con tiempo. Camino con calma hasta la estación
de autobuses para recoger a aquella chica morena que me había regalado este
último par de meses. Paso la mano por mi pelo, algo agobiado.
Ni siquiera
sé qué estoy haciendo.
Nada más
entrar en la estación me asomo para ver si su autobús ya había llegado, pero
aún faltaban unos minutos. Eso hizo que de un modo u otro me sintiera más
aliviado, nunca me siento preparado para verla a pesar de hablar con ella
varias veces en la semana por teléfono.
Tengo ganas
de verla. No podría definirlo como amor pero me apetece abrazarla y robarle un
par de besos. Sé que suena a que siento algo por ella y lo cierto es que me
gusta, me gusta y mucho. Me gusta… bastante, digamos. De todas formas creo que
nunca llegará a encender esa llama que me falta. Esa llama que era capaz de
encender solo… No. Me gusta esta chica nueva, voy a quedar con ella y nada va a
impedírmelo.
Me dirijo
con velocidad a los baños de aquella vieja estación y nada más entrar abro uno
de los grifos que allí se encontraban y refresco un poco mi cara y mi nuca.
Acto seguido me miro en el espejo y me observo, durante unos segundos, en
silencio.
Ni siquiera
sé que estoy haciendo.
Siempre
defiendo que no he cambiado y sin embargo parezco una persona completamente
distinta.
Agacho la cabeza en un fuerte suspiro y vuelvo a dirigir mi mirada al
espejo, sorprendido con lo que me encuentro.
Soy yo quién
está reflejado en el espejo, pero me veo como si el tiempo no hubiese pasado y
todo siguiera como cuando las cosas iban bien. Creo que me estoy volviendo
loco, hasta su expresión parece una distinta a la que yo tengo ahora mismo.
-¿Echas de
menos ser yo?
Mi reflejo
me está hablando y todo esto deja de tener sentido. Suspiro con fuerza y vuelvo
a refrescarme la cara, pero por desgracia el dolor me golpea directamente en
esta.
Ahora no
está solo mi reflejo, sino también el de ella y eso me cuesta soportarlo mucho
más.
-Echo de
menos lo que era con ella.
Me decido a
contestar con un nudo en la garganta y el dolor recorriendo mi cuerpo.
-¿Por qué
dejaste que me fuera? -Ahora es ella la que me habla, mi chica. Bueno, corrijo,
la que era mi chica. Esa pregunta se clava como un puñal que parece que no va a
dejar de doler nunca.-.
Inevitablemente
las lágrimas se escapan de mis ojos por mucho que yo intente impedirlo, así que
acabo dejándolas ir. Mis manos tiemblan y el nudo en la garganta cada vez es
más difícil de soportar.
-Porque soy
un imbécil, porque me equivoqué…
-Tampoco has
intentado buscarme, ¿verdad? –me interrumpe y me observa con una sonrisa
extremadamente irónica. Su cabello rubio, sus ojos avellanas y sus labios
parecen tan reales que me muero por besarla y decirle lo guapa que está, como
ha estado siempre. Me echo a llorar del todo por el daño que me provoca
sentirle tan cerca y que esté tan lejos. Me siento un estúpido y sin embargo no
puedo dejar de observarla en aquel reflejo.
-Estás tan
guapa…
Acabo
diciendo yo, desesperado, desesperado por tenerla de nuevo entre mis brazos.
Por un segundo miro a mi alrededor para recomponer las fuerza y puedo comprobar
que todo aquel baño de la estación de autobuses parece completamente
abandonado, descuidado… solitario.
-Todo es así
para mí desde que no te tengo a mi lado.
Le explico.
Solo me dirijo a ella. Mi reflejo aún está al lado del reflejo fantasma de
ella, pero ahora mismo solo me centro en la chica. Es lo único que me importa.
Es lo único
que me ha importado siempre.
-¿Y vas a
solucionarlo hablando con un espejo?
Tiene razón.
No voy a arreglar nada hablando con un espejo. Acerco mi mano temblorosa al
cristal para acariciar su mejilla una última vez, no obstante desaparece justo
antes de que pueda alcanzarla.
Ambos. Tanto mi reflejo como el de ella
desaparecen juntos, de la mano, pareciendo que se ríen de mí. Me giro con
calma y compruebo que todo a mi alrededor vuelve a ser como antes. Todo vuelve
a ser normal.
Todo vuelve
a ser sin ella.
Salgo del
baño confuso y me enciendo un cigarro para sentir que algo es real ahora mismo.
Mi teléfono empieza a sonar y me sobresalto, recordando que la chica ya ha
tenido que llegar y está esperándome.
Ahora no
estoy tan seguro de qué hacer. Me apoyo tras una columna para terminarme el
cigarro y aclarar mis ideas.
Ni siquiera
sé que estoy haciendo.
Venía con la
confianza de que esto podía salir bien, pero no sé a quién pretendo engañar.
Todos los días siento que lo supero un poquito más y su recuerdo vuelve a
aparecer en mi memoria haciendo que todo sea un desastre.
Me asomo para
comprobar que la chica sigue esperando y así es, por lo que yo me agobio más.
Finalmente
decido ser una persona madura y admitir la verdad. Salgo de mi escondite con
rabia, pues una vez más esa chica rubia que me lleva al borde de la locura ha
irrumpido en mi cabeza y me ha hecho dar mil pasos atrás.
Llego hasta
donde se encuentra la chica morena, que me había esperado junto al bus del que
había bajado. Me recibe con un caluroso abrazo y me pregunta con una sonrisa
por qué he tardado tanto.
Yo me aparto
algo apático y la miro a los ojos, con los míos rojos y llenos de lágrimas. Su
expresión de alegría se torna en una preocupada y confusa mientras que yo me
preparo, sabiendo que voy a hacerle daño, antes de salir lo más rápido posible
de aquella estación, con una sola frase:
-Lo siento,
ni siquiera sé que estoy haciendo.
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