17 de noviembre de 2015

Ella.

En su reloj aún era ayer. Desde entonces las agujas dejaron de bailar al igual que su corazón dejó de latir y la hizo congelarse lentamente bajo las sábanas de su cama.
Aquel sitio se había convertido en su ataúd, en su lugar de descanso y arrepentimiento.
¿Qué había hecho mal?
Esa pregunta rondaba en su cabeza a todas horas, día tras día. Aún no comprendía en qué se había equivocado para que soltara su mano y continuase sin necesidad de que ella estuviese compartiendo sus pasos.
Ella solo le había amado hasta la locura…
Quizá ese fue el problema. El amar hasta la locura, amar hasta que sus capacidades se nublaron y actuaron con torpeza y completa rareza. Amar tanto que el corazón no le cabía en el pecho.
Pero a ella aún así todo ese amor le parecía insignificante, sentía que podía darle más, sin embargo, para él quizá no fuese lo suficiente, cuando realmente era demasiado.
Simplemente no lo comprendía y sabía que darle más vueltas lo único en lo que le ayudaría sería en que sus lágrimas quisieran escaparse otra vez para huir de sus ojos.

Siempre acababa las noches igual, siempre veía esa opción como la única alternativa y la capacidad de sobrevivir un día más a eso a lo que ella llamaba ahogarse en sus propios sentimientos.

Así que ella encendió la música, para apagar un rato su vida.

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