20 de enero de 2016

Los ojos que hicieron llorar a un pintor.

-Puedo hacer que crees la obra de arte más emblemática del mundo.

-No necesito ayuda para ello. Ahora vete, intento pintar.

Sonrió levemente al observar su rostro molesto y concentrado. Muchos de los que conocían a Ángel lo describían como una persona egocéntrica e irritable, por lo que a ella le encantaba. Sobre todo le encantaba sacar su parte más tierna, aunque solo lo consiguiese una vez cada tres meses.
De todos modos, ella sabía que era especial para Ángel. Se pasaba los días con él observándole mientras pintaba y nunca se había molestado, a pesar de que no dejaba a nadie hacerlo.

Pero a Ginevra sí.

-¿Por qué no me dejas ser tu musa inspiradora? -él la miro sarcástico ante esa pregunta, ,mientras que ella aguantaba la risa. Dejó un segundo su pintura a un lado y se acercó a ella con desdén y aire de superioridad, mirándola fijamente a los ojos.

-No eres suficiente para mí.

La chica frunció el ceño. Le molestó. Le dolió. Aunque no lo pareciese, eran amigos... eran algo. O al menos eso es lo que a ella le gustaría. Hay veces en las que Ángel se queda observándole y ella se sonroja, entonces él le susurra que no hay ningún color capaz de representar el brillo de sus ojos.
En esos momentos Ginevra nota como su corazón late con fuerza, pero en ningún momento aparta su mirada de la del chico, porque no quiere perdérsela.

Podría decirse que así es como la chica siente que hay un hueco en su corazón para ella.

Tras salir un momento volvió a salón, que tenia aquella luz tenue que estaba utilizando Ángel para pintar un bodegón. Lo único que tapaba el cuerpo desnudo de la chica era una gran tela de colores otoñales que había encontrado en una silla del dormitorio de Ángel. Alcanzó un taburete de madera y se colocó de espaldas a él, que ni siquiera la había mirado hasta ese momento.

-Ginevra, ¿pero qué haces?

Ella no le miró, es más, ni se inmutó. Pudo escuchar como dejaba los pinceles y se acercaba a donde ella estaba. Una vez más su corazón se aceleró con cada paso del chico. La respiración de Ángel se ahogaba en el pelo de la chica y acariciaba sus brazos como si fuera porcelana mientras colocaba bien la tela, respetando su desnudez.

Ángel volvió a su caballete, apartando el lienzo anterior para colocar uno nuevo. Cuando Ginevra escuchó que tomaba de nuevo su pincel giró su cuello, mirándole misteriosamente.

-Mira al frente, si quieres que te pinte se hará como yo quiera.

-¿Tienes miedo de que te guste demasiado?

-Ginevra, tú eres mi modelo. He pintado a muchas chicas como tú. He pintado a chicas y he tenido que observar su cuerpo desnudo durante horas. Esto no es nuevo para mí.

La chica apretó los labios con dolor y se levantó, sin ni siquiera molestarse en coger la tela que había caído al suelo y ya no tapaba más su cuerpo.

-¡Ginevra! No puedes levantar... -silencio. Ángel quedó atónito al ver a la chica desnuda y con los ojos llorosos.

En cualquier otro momento ella temblaría de emoción, pero ya no podía más. Sonrió con desagrado y se dirigió hacia la habitación donde había dejado su ropa. Él seguía sus pasos en silencio, esperando junto al marco de la puerta con la mirada clavada en el suelo, mientras ella se vestía.

-Ginevra, yo...

-No quiero estropear más tu arte, Ángel. -le interrumpió, notando como sus lágrimas comenzaban a brotar. Se giró hacia el chico, con rabia-. Llevo aguantando mucho tiempo tu forma tan peculiar de sentir el amor cuando ni siquiera sé si sientes algo por mí. -sonrió irónicamente, mientras dejaba caer las lágrimas por sus mejillas-. Ángel, siento haberme enamorado de ti.

Y así se fue, sin decir nada más. Esa noche Ángel no pudo dormir, porque no comprendía que había ocurrido. Había descubierto un sentimiento que hace mucho tiempo le prohibió a su corazón. Ahora le era imposible olvidar a esa chica que había estado siempre con él y nunca supo apreciar.
Se sirvió una copa y lloró como nunca lo había hecho hasta que se levantó del sofá de un bote, cogió un lienzo, pinceles y pinturas y comenzó a pintar.

Tras varios días en los que solo se dedicaba a esa pintura lo terminó y decidió un título para ella:

''Los ojos que hicieron llorar a un pintor''.

Meses después Ginevra acudió a una galería de pintura moderna por una amiga, sabiendo que nunca se lo encontraría allí pues Ángel odiaba el arte moderno y creía que el verdadero arte era únicamente el de la época del Renacimiento.
Mientras caminaba por allí, observando las distintas obras su amiga corrió hacia ella y tiró de su brazo para que se dirigiese a otra sala, donde Ginevra no podía creer lo que veía.

Era una pintura en la que aparecía ella sentada en un muro de ladrillos, con su chaqueta de cuero, sus Converses y un gorro negro además de con un brillo muy especial en los ojos.

Atónita se acercó a la obra mientras los de alrededor le sonreían al ver que era ella la chica que aparecía en la pintura. Observó el título y colocó su mano en la boca, pues notó como se iba a echar a llorar de un momento a otro.

-¿Ginevra? No tenía ni idea de que vendrías...

Era Ángel. Sin embargo, distinto al que conocía ella. Era un Ángel nervioso que sonreía con una ilusión que nunca se había visto antes en su rostro.

-Ni yo que tú expondrías aquí... siempre decías que este arte era...

-Una estupidez. Lo sé. -le interrumpió. Agarró su mano y la miró a los ojos, con una sonrisa aliviada-. Lo siento. Siento todo lo que dije y no llegué a decir, todo lo que hice y lo que nunca hice... siento haberme dado cuenta tarde de que... me he enamorado de ti.

Y tras decir eso último la besó, sin decir nada más. Besó sus labios como ella siempre había soñado que sería y abrazó su cuerpo de forma que nunca más pudiera irse de su lado porque realmente ella tenía razón.

Le ayudó a hacer la obra más emblemática de su propio mundo, pues le había enseñado a volver a amar.

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